Age of Empires 2 Definitive Edition

El confinamiento nos está dando la oportunidad de saborear las cosas a otro ritmo. Más pausado, sosegado y justo. Ahora resulta que nos damos cuenta de la cronofagia que sufrimos, que además de ser crónica -esto va de Cronos- es perjudicial y nos mata poco a poco. Vaya novedad. El caso es que hace apenas unos meses, la segunda entrega del mítico Age of Empires se vio remasterizada y envuelta con un lazo para ser servida en un paquete muy especial: la Definitive Edition. Pide maquinón, tarjeta gráfica inhumana y una buena conexión a internet para jugar Online, pero os juro que todo eso lo vale.

Porque además en la versión de Microsoft -la de Xbox-, hay un paquete de mejora gráfica que lleva los detalles a niveles insospechados. Todo además, servido a resoluciones que cuatriplican la alta definición y que quizá multiplican por ocho en algunos casos, la resolución a la que jugué hace más de veinte años. El mismo funcionamiento, las estrategias, lo trepidante, lo detallado de las campañas, todo listo para hacernos pasar las horas delante de la pantalla prosperando hasta la Edad Media, la de los castillos y la Imperial. Jugar además Online es un animal devorador de horas que te atrapará sin fin. Otro día hablaré de lo mítico que resulta jugar al AOE en la pantalla UltraWide a 2560 por 1080 pixeles en calidad Ultra. Sobrecogedor.

True Detective, tercera temporada

La segunda tercera de True Detective no superó a la primera. Sí tuvo momentos brillantes, fue una gran historia, pero le faltaba ese punto que solo Matthey y Woody saben darle. Ahora la tercera se estrena con un Stephen Dorff en todo su esplendor y un Mahershala Ali en su mejor momento. Ambos actores, al igual que la temporada entera, va de mucho a menos poco a poco. Apagándose y desluciéndose hasta alcanzar la oscuridad. Todo ese arranque bestial que nos acompaña durante los dos y tres capítulos es todo lo que tenemos. Luego llegan los peros, los puntos flacos, las piezas que se aguantan por los hilos -incluso se rompen-, las idas de olla y las venidas a menos.

Es una buena ejecución. También la buena fotografía, la ambientación e incluso el ritmo siguen la estela de ese opera prima que fue la primera temporada, pero acaba decepcionando. Muy solemne con el caso, los niños desaparecidos… pero ni el nudo ni el desenlace están a la altura. Lástima.

El día antes

Jamás pensé que me emocionaría tanto con una novela sobre mineros del carbón en el norte de Francia ambientada en los setenta. Justo el año que nací además. Basada en la tragedia que sacudió a todo un país donde murieron 42 personas intoxicadas por la hulla, Sorj Chalandon se vale de un hecho histórico para profundizar en los sentimientos que despiertan las injusticias y el deseo de venganza. Desconozco hasta qué punto la novela es novela y dónde acaban -o empiezan- los hechos reales, pero es indiscutible que el autor sabe echar sal a las heridas como el mejor.

Es una familia, un pueblo, una generación entregada a producir, a escavar y a luchar contra la silicosis. Carbón en la ropa, en los dientes, en las narinas. Carbón que llena los pulmones y que se va la casa de cada minero llenando el vacío de sus vidas. Y la vida de Michel Flavent, nuestro protagonista, es la primera víctima de todos. La víctima 43 que no murió en la mina pero cuya alma quedó sepultada en el pozo. Una vida arrastrada por la muerte de su hermano y que le empujará a descubrir lo mejor y lo peor de él mismo. Atrapado desde su niñez, crecerá roto viviendo de un pasado feliz interrumpido.

La novela escrita como las que a mi me gustan, repara en lo cotidiano, en lo excepcional de los pormenores y capitaliza todo el rencor que despierta el abuso del trabajador. Del comunismo. Del capitalismo. Poco distantes uno del otro aquí. Almas olvidadas que entregaron sus vidas a cambio de un puñado de malos recuerdos que contar en el café con unas cervezas. Pero también el autor nos sabe hablar del perdón y de esa supuesta escala de grises que nos identifica a las personas. Sorj juega con nuestro corazón y nos lleva a la lágrima en un libro que definitivamente se merece el Premio de los Libreros de París.

Chernobyl

Si alguna serie de HBO tiene el reconocimiento de obra maestra -y tiene muchas-, es Chernobyl. Escribiré Chernóbil de ahora en adelante, en mi idioma. Aclamada por la crítica de punta a punta del globo, es de obligado su visionado, y aunque me sabe a poco con sus cinco escasos capítulo, obra maestra se queda corta. Está explicada de forma magistral para que todos lo entendamos. Lo que pasó y lo que no se quiso contar. Se le ha dotado de intriga para alejarla de un aburrido documental y se le ha cargado de sentimiento, valores y montones de vidas rotas. Es una entrega total de información valiosa que nos dará la oportunidad de avergonzarnos como humanos en lo fracasados que somos. Somo un experimento fallido de seres vivos que nos escondemos de la verdad cuando nos equivocamos, cuando nos supera el orgullo, cuando todo importa y cuando nada también. Cuando nos creemos más altos que el vecino, más listos que tus subordinados o más experimentados que nuestros abuelos. Cuando un país esconde sus vergüenzas sacrificando a los suyos, cuando solo queremos agasajar a quienes tienen poder para tratar de ocupar su lugar, cuando politucuchos tienen más decencia que presidentes o cuando científicos o mineros ofrecen sus vidas por la de otros. A precio regalado. Sin preguntas.

Chernóbil es una lección para todos. Para los derrotados y para los vencidos. Pero también es una oportunidad de aprender a no volver a cometer errores pasados, a sabiendas de que se volverán a cometer. Pero quizá haya oportunidad para la duda. Para sembrar una semilla más que pueda fructificar en algo bueno. Es una serie de obligado para todos en la que además de mensaje, hay un buen trabajo de dirección y ejecución. La interpretación es sobrecogedora aunque hoy en día parece más fácil interpretar papeles tristes que alegres, y aquí hay tristeza para llenar una central nuclear.

¿Y ahora es el momento de Laura Dern?

Con «Historia de un Matrimonio» y el Oscar que Laura Dern se ha llevado, dicen que ahora es su momento. Que está en su mejor etapa como actriz y tal… es -me pienso bien el adjetivo- indecente el mamoneo que en la alfombra roja se sucede con todo el descaro del mundo y la impotencia de algunos que como yo solo podemos escribir en un rincón perdido de la red de redes conformada por ceros y unos. Y es esa oportunidad que me brinda este oscuro y frío lugar que tan lejos de Laura se encuentra donde le explico, que su momento ha sido siempre. Que su talento lo percibo desde aquella lejana Corazón Salvaje, pasando por Parque Jurásico, y Sonrisa Peligrosa y ya más recientemente con sus papeles en series como Enlightened o Little Big Lies. Siempre lo ha bordado, siempre ha sido ella y siempre lo ha dado todo. De belleza particular e indiscutible, su interpretación derrocha entrega cada minuto de cinta y no comprendo a qué diablos viene ese «es su momento». La vida está llena de casualidades, de específicos escenarios que se conjuran con miles de probabilidades para conformar el destino de unos y otros, propiciados por hechos que escapan a la comprensión humana y que fruto de esto y de aquello, alcanzan desenlace cuando menos te lo esperas. Y eso me pone de mal humor. La justicia debería ser inmediata. La justicia debería ser implacable. La justicia debería haberle llegado a Laura Dern hace mucho tiempo. Que le llegue ahora, se me antoja injusto. Acaso una broma. Alzo mi copa en todo caso, aunque sea tarde, para toda una vida de entrega. Lo de más vale que tarde, también me rompe las pelotas.

Foodie Love

Foodie Love se me ha instalado en la cabeza durante dos semanas. Me acompaña en mis pensamientos distraídos, mientras conduzco la moto o cuando escucho su banda sonora. La serie de la Coixet llegó a mi vida como un experimento que menosprecié por aquello de estar de moda la cocina y esas estupideces de la tele, pero ha resultado ser una historia arrebatadora. Prácticamente ha secuestrado mis emociones y me ha sumido en prácticamente un profundo coma del que me ha costado salir. Escribo esto pasados ya un buen puñado de días, y ahora ya recuperado, reconozco que el impacto es animal. Es Coixet en estado puro pero entregado por capítulos con lo que cada dosis es una película sublime que te atraviesa de arriba a bajo. Emociones a flor de piel hasta el último capítulo, donde ahí, te remata pidiendo la oreja y el rabo.

Como me va mucho eso de las puntuaciones -soy de ciencias con ascendencia a letras con la edad-, puntuaré en plan ridículo cada uno de los aspectos más reseñables: diez en interpretación para Guillermo Pfening -he pensado hacerme gay incluso-, nueve como nueve para Laia Costa -he dejado de pensar en hacerme gay-, diez en fotografía, diez en guión y dirección porque Coixet nunca falla -bueno en «Mi otro yo» si nos falló-, diez en la banda sonora -tengo discos que escuchar para parar un tren de mercancías-, diez en localizaciones -me encanta que sea en la ciudad donde crecí Barcelona, Tokyo y Roma- y diez en vestuario. Creo que de media me sale, si no me equivoco, un diez pelado.

Little Big Lies, temporada segunda

No pensaba escribir, la verdad. Luego he pensado, por penosa que sea esta segunda temporada de Little Big Lies, merece la pena poner en negro sobre blanco cada detalle para que los ecos del universo se enteren. Finalmente haré esto: escribir que todo aquello que me engatusó en la primera temporada es un vago recuerdo en la segunda. Aquella apertura sensacional -banda sonora incluida, ya lo hablé-, la fotografía, los vestuarios, porque no, los carracos que conducen, los bolsos, la tecnología de sus casas, peinados, paisajes, entornos, todo era un regalo para los sentidos. Ahora todo eso, permanece en la segunda temporada, pero sin guión. Un precioso tigre sin huesos que flanea al caminar, lento, patoso y descompensado. Eso es justo lo que es la última temporada que HBO ha emitido por ahora. Por Dios, ni las actuaciones son creíbles. Ni sus vidas son interesantes, son patéticas, irreales y prácticamente subnormales. Niños y niñas con trajes de plumas vacío y llenos de basura.

Una segunda temporada que bebe del último capítulo de la primera durante todo el metraje de sus siete capítulos interminables. No repetiré. No otra vez.

La Chica Salvaje

La Chica Salvaje huele a perritos calientes, gambas fritas y pan de maíz. A cerveza y a bourbon. Pero a también a la humedad de las marismas, al frescor de la mañana entre bosques anegados, y al humo del pescado al arder. Son olores definitivamente dulces y añejos. Como cuando abres una caja de puros vacía guardada en un cajón después de muchos años. Pero todos esos olores, muchos de ellos aromas, encierran un amor sin límites por la naturaleza, por la tierra y los seres que habitan en las aguas. Una devoción desatada por alguien que no podía encontrar el abrazo de su madre o padre. Una niña abandonada a su suerte en una cabaña entre árboles y yerbas con apenas nueve años y que crecerá en solitario buscándose la vida para poder echarse algo a la boca.

Delia Owens sabe transmitir emociones como el que respira. Lo hace de forma natural y sin censura. A borbotones que yo digo. Tiene el poder de hacernos llegar el contacto del ser humano con la madre tierra; y lo hace empleando a una niña porque le va como anillo al dedo en su historia, y porque sin duda, la escritora debe vivir atrapada en el personaje. Sabe de lo que habla, y escribe con el corazón. Aquí no se admiten falsedades. Pero también es un viaje al interior de las miserias de la sociedad recorriendo los pasillos del engaño, la cobardía y la honradez. Actitudes primitivas que se erigen en los pueblos pequeños de la más profunda américa del sur de los años cincuenta contra una niña que vive en los pantanos. Sucia y casi de color. Pero un imán también para otros. Casi un objeto de deseo.

Cuando leo que La Chica Salvaje se ha vendido en Estados Unidos como churros, no puedo sentir más que alivio. Que un libro tan especial como este haya sido recorrido por miles de ojos y atravesado millones de cerebros me resulta reconfortante, esperando que la lección la hayamos aprendido un poco. Se podría decir que es una novela rosa en un porcentaje importante pero goza de tintes naturalistas desbordantes y se atreve incluso a juguetear con el misterio. No es negra la literatura, pero serán muchas las páginas que el lector andará devanándose los sesos hasta llegar a una conclusión quizá demasiado pronto. Demasiado evidente para los acostumbrados a la novela negra. Pero no le quita significancia al hecho de la buena escritura, el buen sabor y como he dicho, el buen olor.

Juego de tronos: última temporada

Me decían que series más buenas que Juego de Tronos, las hay. Pero lo que esas series discutibles no tienen, es algo que Juego de Tronos sí tiene: grandiosidad. Y quizá ya no deba escribir mucho más sobre este asunto. Es una serie que ha fabricado, al igual que Los Pilares de la Tierra, legiones de seguidores que han comenzado a adorar la Edad Media que tan poco suele agradar. Interesa más el futuro que el pasado en estos tiempos, y ver a hombres luchar con sus propias manos, beber vino en copas de oro y fornicar sin pudor como si no hubiera un mañana, no se estila. Pero Juego de Tronos ha conseguido eso y mucho más.

Vamos con los adjetivos, que me gusta mucho: cruel, marrón, oscura, incendiada, fría, dolorosa, primitiva, cruda, áspera, cálida también, fogosa, encarnada, engalanada, fétida, sucia, húmeda, sórdida, traicionera, animal… y seguiría. Todo eso es la serie. Es un apabullante despliegue de talento sin parangón donde tal y como explica una de las cabezas productoras: es una serie con ritmos de serie y presupuestos de serie, pero donde cada capítulo era una película. Y eso genera mucho estrés. Nieve hecha de agua y papel, pueblos inventados por completo de cartón piedra, pelucas, escudos, trapos,… un derroche de recursos que a veces hasta pienso que obscenos. Pero merece la pena. El resultado es un gigante de la narración que pasará a la gloria por sus interpretaciones soberbias, los paisajes superlativos, los efectos visuales sin límite, y un guión que lo tuvo fácil cuando se basó en los libros.

Al terminar la última temporada siento el vacío que se siente al terminar una buena historia. Pero un vacío especial esta vez, porque pienso que va a ser difícil volver a repetir semejante hazaña. Es que son los diálogos, el gran doblaje al castellano, el trabajo y documentación detrás de cada minuto de metraje. El honor de los caballeros por encima de todo. Valores. Pasarán muchos años antes de que volvamos a descubrir una obra maestra como esta.

Google Assistant ya está aquí. En tu casa.

Tirar adelante una familia no es moco de pavo. Con hijos y sus médicos y deberes, facturas, agendas apretadas, trabajos agobiantes,… Luego las cosas que se estropean, las que hay que cambiar, los números de teléfono, las listas de la compra, las reservas y citas, los trámites burocráticos, las revisiones del coche… total, que necesitaba una ayuda y hemos tenido que poner a una chica en casa para que nos eche una mano. Se llama Chelito -Chelo es su madre y tiene sobradas recomendaciones-, y es una ayuda sobresaliente. Nos ayuda con los deberes de las peques, toma nota cuando hay que apuntar jabón de la ducha en la lista de la compra, me avisa al despertar dulcemente, me dice cuánto tardaré en llegar a la oficina, me tira los dados cuando juego al parchís, me apaga las luces al ir a la cama, o me enciende la calefacción antes de llegar a casa. Y hasta le sobra buen humor para contarme un chiste o explicarme de qué va la última novela de Michael Connelly. Ya puedes imaginar que de humano poco tiene Chelito, nadie tiene tanta paciencia y estaría dispuesta a cobrar solo una vez por todo el servicio. Menos si solo son 38 euros. A estas alturas si no sabes que ella no es ello y que no es Chelito si no Google Nest / Home es que estás desconectado del mundo.

Es que no sé si le sacaría partido, ¿sabes? Me dicen algunos. Me ahorro los calificativos. Hay que ser soso para no entender que Google Nest -que es mi caso- es un asistente que en unos años, raro será que no habite todos los hogares del primer mundo. Y del segundo como que también. Es ridículo no adoptar esta tecnología cuando nuestra mente es tan inquieta y ávida de conocimiento como la mía. Y la de muchos. Cómo se titula el último disco de Madonna, cuándo murió Freddie Mercury, cómo va el Real Madrid, qué libros ha escrito Juan José Millás, que si lloverá mañana, cuántos kilómetros hay de París a Milán, qué significa galerna, cuántos dólares son 100 euros, o cuánto es 888 por 123. Y más, y más y más. Es inagotable. Y está ahí esperando a que preguntes. Es conocimiento.

Es domótica. Porque hoy a penas hay dispositivo para el hogar que no sea compatible con Google Assistant -o Alexa de Amazon. Desde una bombilla, a un sensor de humedad o un enchufe. Hasta los aspiradores. Todo integrado para ser controlado con nuestros teléfono o ahora ya con nuestra voz.

Es asistente. Porque le puedes pedir que te avise en 30 minutos para echar una cabezadita o para sacar las patatas del horno. O para poder una alarma mañana a las 7:30. O para sobre la marcha añadir cosas a la lista de la compra. O para que te añada en la agenda que mañana tienes dentista por la tarde. Vas y se lo cantas. Ella obedece.

Y es todo en uno cuando combinas el conocimiento, la domótica y asistencia, creando la rutinas. Las que te permiten al salir de casa, apagar todas las luces, encender el robot aspirador, lanzar un lavavajillas y apagar la calefacción. O darle los buenos días, para que te diga el tiempo que hará hoy, lo que tardarás en llegar al trabajo, que te encienda la luz de la mesita, te suba la persiana, te ponga la calefacción y encienda la cafetera. Y te cuente las noticias de hoy y de postre qué tienes en la agenda. ¿Quién se atreve a decir que no le encuentra utilidad?

Y que pasa si a todo esto le sumo IFTTT. Para los despistados, un automatizador de tareas que existe desde hace mucho antes de que lo supieras y que combina perfectamente con Assistant para crear listas de compra personalizadas, que llegues a casa y digas Abracadabra y envíe un email a tu hija o que te añada columnas a tu hoja de cálculo cada vez que la cámara interior detecte presencia.

Y si pensabas que tu vieja cadena de música, tu consola de aire acondicionado o tu televisor no los vas a poder controlar, te equivocas. Venden por cuatro duros un emisor de infrarojos programable que se integra con Google Assistant para dejar los mandos en un cajón para siempre. Busca Broadlink mini 3.

Y para rematar, podemos hacer llamadas con Duo, hacer casting desde nuestros teléfonos, conectar con ChromeCast, conectar varios Nest para reproducir música por toda la casa o conectar dos para emitir en estéreo, utilizar el altavoz para anunciar desde lugares remotos mensaje de voz a casa, busca nuestro teléfono, enviar telegrams o que te ponga música de pajaros antes de ir a dormir.

No tengo palabras. Aunque escribiendo tanto, no lo parece.