Chernobil

Si alguna serie de HBO tiene el reconocimiento de obra maestra -y tiene muchas-, es Chernobyl. Escribiré Chernóbil de ahora en adelante, en mi idioma. Aclamada por la crítica de punta a punta del globo, es de obligado su visionado, y aunque me sabe a poco con sus cinco escasos capítulo, obra maestra se queda corta. Está explicada de forma magistral para que todos lo entendamos. Lo que pasó y lo que no se quiso contar. Se le ha dotado de intriga para alejarla de un aburrido documental y se le ha cargado de sentimiento, valores y montones de vidas rotas. Es una entrega total de información valiosa que nos dará la oportunidad de avergonzarnos como humanos en lo fracasados que somos. Somo un experimento fallido de seres vivos que nos escondemos de la verdad cuando nos equivocamos, cuando nos supera el orgullo, cuando todo importa y cuando nada también. Cuando nos creemos más altos que el vecino, más listos que tus subordinados o más experimentados que nuestros abuelos. Cuando un país esconde sus vergüenzas sacrificando a los suyos, cuando solo queremos agasajar a quienes tienen poder para tratar de ocupar su lugar, cuando politucuchos tienen más decencia que presidentes o cuando científicos o mineros ofrecen sus vidas por la de otros. A precio regalado. Sin preguntas.

Chernóbil es una lección para todos. Para los derrotados y para los vencidos. Pero también es una oportunidad de aprender a no volver a cometer errores pasados, a sabiendas de que se volverán a cometer. Pero quizá haya oportunidad para la duda. Para sembrar una semilla más que pueda fructificar en algo bueno. Es una serie de obligado para todos en la que además de mensaje, hay un buen trabajo de dirección y ejecución. La interpretación es sobrecogedora aunque hoy en día parece más fácil interpretar papeles tristes que alegres, y aquí hay tristeza para llenar una central nuclear.

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