Foodie_love

Foodie Love se me ha instalado en la cabeza durante dos semanas. Me acompaña en mis pensamientos distraídos, mientras conduzco la moto o cuando escucho su banda sonora. La serie de la Coixet llegó a mi vida como un experimento que menosprecié por aquello de estar de moda la cocina y esas estupideces de la tele, pero ha resultado ser una historia arrebatadora. Prácticamente ha secuestrado mis emociones y me ha sumido en prácticamente un profundo coma del que me ha costado salir. Escribo esto pasados ya un buen puñado de días, y ahora ya recuperado, reconozco que el impacto es animal. Es Coixet en estado puro pero entregado por capítulos con lo que cada dosis es una película sublime que te atraviesa de arriba a bajo. Emociones a flor de piel hasta el último capítulo, donde ahí, te remata pidiendo la oreja y el rabo.

Como me va mucho eso de las puntuaciones -soy de ciencias con ascendencia a letras con la edad-, puntuaré en plan ridículo cada uno de los aspectos más reseñables: diez en interpretación para Guillermo Pfening -he pensado hacerme gay incluso-, nueve como nueve para Laia Costa -he dejado de pensar en hacerme gay-, diez en fotografía, diez en guión y dirección porque Coixet nunca falla -bueno en «Mi otro yo» si nos falló-, diez en la banda sonora -tengo discos que escuchar para parar un tren de mercancías-, diez en localizaciones -me encanta que sea en la ciudad donde crecí Barcelona, Tokyo y Roma- y diez en vestuario. Creo que de media me sale, si no me equivoco, un diez pelado.

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