LaChicaSalvaje

La Chica Salvaje huele a perritos calientes, gambas fritas y pan de maíz. A cerveza y a bourbon. Pero a también a la humedad de las marismas, al frescor de la mañana entre bosques anegados, y al humo del pescado al arder. Son olores definitivamente dulces y añejos. Como cuando abres una caja de puros vacía guardada en un cajón después de muchos años. Pero todos esos olores, muchos de ellos aromas, encierran un amor sin límites por la naturaleza, por la tierra y los seres que habitan en las aguas. Una devoción desatada por alguien que no podía encontrar el abrazo de su madre o padre. Una niña abandonada a su suerte en una cabaña entre árboles y yerbas con apenas nueve años y que crecerá en solitario buscándose la vida para poder echarse algo a la boca.

Delia Owens sabe transmitir emociones como el que respira. Lo hace de forma natural y sin censura. A borbotones que yo digo. Tiene el poder de hacernos llegar el contacto del ser humano con la madre tierra; y lo hace empleando a una niña porque le va como anillo al dedo en su historia, y porque sin duda, la escritora debe vivir atrapada en el personaje. Sabe de lo que habla, y escribe con el corazón. Aquí no se admiten falsedades. Pero también es un viaje al interior de las miserias de la sociedad recorriendo los pasillos del engaño, la cobardía y la honradez. Actitudes primitivas que se erigen en los pueblos pequeños de la más profunda américa del sur de los años cincuenta contra una niña que vive en los pantanos. Sucia y casi de color. Pero un imán también para otros. Casi un objeto de deseo.

Cuando leo que La Chica Salvaje se ha vendido en Estados Unidos como churros, no puedo sentir más que alivio. Que un libro tan especial como este haya sido recorrido por miles de ojos y atravesado millones de cerebros me resulta reconfortante, esperando que la lección la hayamos aprendido un poco. Se podría decir que es una novela rosa en un porcentaje importante pero goza de tintes naturalistas desbordantes y se atreve incluso a juguetear con el misterio. No es negra la literatura, pero serán muchas las páginas que el lector andará devanándose los sesos hasta llegar a una conclusión quizá demasiado pronto. Demasiado evidente para los acostumbrados a la novela negra. Pero no le quita significancia al hecho de la buena escritura, el buen sabor y como he dicho, el buen olor.

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