Antes de que hiele

Hará algo más de once años que le di una oportunidad a Mankell. Sí, al elogiado Henning Mankell. Fue con El Chino, y ya noté yo… que no me encajaba. Que se enredó con la política y que aquella novela de suspense acabó siendo de todo menos de eso. Pensé aquello de, vaya, he ido a parar a la peor obra de este gran escritor. Qué mala pata. Por eso, cuando cayó de la nada en mis manos Antes de que hiele, quise darle otra oportunidad. El argumento versa sobre algún asunto relacionado con una secta religiosa, luego el protagonista no era el archi-conocido Kurt Wallander si no que es su hija -aunque él aparece-, y como no, la localización escandinava siempre me atrae así que abrí la novela y empecé a caminar. Trescientas y pico páginas después, cierro el libro con la misma sensación que con El Chino. No es para tanto. No volveré a leerle.

¿Sabes cuándo en la escuela te hacían escribir sobre algo y te ponían un mínimo de tantas palabras o tantas páginas? Que uno se enrollaba dando vueltas a lo mismo para cumplir con el requisito porque no tenías mucho más que decir. Que ya estaba todo dicho y bien sintetizado. Pues a Henning parece que le encargaron escribir esta novela con ese propósito: el de hacerla larga y larga y larga. Como si le hubiesen propuesto escribir y le pagasen por palabras. Es fascinantemente ridículo la de vueltas y repeticiones que el autor retuerce la historia para contar constantemente lo mismo sin ningún rubor. Quiero decir, que realmente se repite prácticamente a la descarada. Hojas y hojas sin apenas información para volver a repetir lo mismo apenas una docena de páginas después. No tiene ningún sentido explicar una historia de esta forma. El lector pierde el interés, se aburre y siente que le toman el pelo.

No soy de los que suele leer las críticas de otros lectores sobre las novelas; por norma general es un peloterismo que me revuelve las tripas, pero si me atreviese a leer alguna para descubrir que algún medio especializado o algún colega del oficio alaba la obra, posiblemente no tendría tiempo de llegar al baño para vomitar.

Me descubro lanzando energías muy negativas como creo hasta ahora no había hecho, pero realmente no me apetece ni hablar de la trama, los personajes o la prosa. Todo eso queda en un segundo plano cuando lo más importante falla: el buen hacer.

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