Leche caliente

Mi degenerada visión de la vida -que con la edad va a peor- me provoca cierta mueca cuando tomé por primera vez el tocho de hojas encuadernadas de “Leche caliente”. Risitas a parte, y terminado el libro, sigo sin saber a qué diablos viene el título. Porque aunque haya disfrutado intensamente de la lectura de una de las obras más conmovedoras que haya leído, no comprendo a qué hace alusión Deborah Levy cuando tituló así a su obra. Quizá solo buscaba que mentes como la mía fueran reclamadas como anzuelo, pero realmente no lo necesita. Y más que probable, un título como “Agua templada” hubiera sido más acertado. Bueno, me da igual, el argumento y cada una de las páginas de la novela son pura delicia. Prepara tus sentidos, pues los van a despertar. Y a agitar.

Una hija acompaña a su madre enferma a Almería en busca de la que podría ser su última opción de cura. Son inglesas, aunque el padre era griego y se largó. Ahora en España una clínica privada podría devolverle a la madre la sensibilidad en las piernas. Pero la novela en realidad utiliza esa excusa para adentrarse en el laberíntico desasosiego mental por el que atraviesa la hija. No sabe quién es, no sabe qué profesión tiene, no sabe a quién amar, y lo peor de todo es que no tiene donde caerse muerta. Arrastrada como castigo por su madre, se entrega por completo a los cuidados de ésta sin saber cuál es su lugar en el mundo.

Sus días en Almería, sea por el calor, las medusas o las compañías, le llevarán a discurrir en sus adentros descubriendo el amor incorrespondido de hombres y mujeres, que ella utiliza tanto como ellos a ella.
Deborah nos traslada de forma magistral a una Andalucía bastante triste, fea y pobre. Injusto o no, la historia es conmovedora, en muchos sentidos. Porque hay traición, egoísmo, ingenuidad, manipulación, soberbia deseo. Un cocktail delicioso apto para todos los públicos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *