Andy WhitfieldMe lanzo a escribir esta entrada en el blog sin demasiada planificación. Impulsado simplemente por la necesidad de escribir sobre algo que se cruzó anoche en mi vida y que no me suelta. Es el documental sobre la lucha contra el cáncer que mantuvo Andy Whitfield. Una hora y media de lucha, dolor y amor, filmada con una naturalidad inigualable durante los dieciocho meses que duró su viaje. Por aquí le llamaba Andy y su esposa a cada uno de los pasos que recorrían en busca de esperanza: the journey. El intérprete de la primera temporada de Spartacus nos dejó su mejor legado con la esperanza de darnos fuerzas para luchar por aquello que amamos y que puede ser temporal. Nada como el presente feliz de su tatuado BE HERE NOW.

Cuando en 2011 Andy murió, los periódicos se hicieron eco rápidamente. Aquellos que conocían su trayectoria, y especialmente Spartacus, enseguida manifestaron su pésame. Yo no conocía su carrera y su nombre ni me sonaba. Desde la fuerza y la soberbia que te otorga la buena salud, incluso ninguneé la noticia de un famoso actor que moría de cáncer joven. Ahora, tras ver el documental emitido en Netflix, siento vergüenza por no haber conocido nada de lo que sucedió y enfurezco con facilidad por mi falta de interés sobre según qué sucesos. Creo que tanta información nos provoca hastío y minusvaloramos realidades muy valientes como la del documental de Lilibet Foster. Amiga del actor, vivió con la familia de Andy para captar todo el proceso: paseos en familia por la playa, noches en vela, recuperación y desesperación. Lágrimas y esperanza. Médicos y quimio.

Morir en domingo debe ser lo más triste que puede sucederte. Aunque poco importa cuando te vas. Ese 11 de septiembre de 2011, era domingo, y fue el final del viaje de Andy. Un tipo destinado al éxito, atractivo, con una mujer excepcional y luchadora, unos hijos felices que admiran a un padre actor y de éxito. Su casa en Australia con vistas al mar no debería ser un escenario para todo el calvario por el que tuvo que pasar el actor galés. Durante el metraje del documental, veremos la degradación de un hombre entregado a combatir la enfermedad. Lo que sea por estar ahí con los suyos. Llamadas en directo al doctor para recibir malas noticias. Testimonios desesperados de su esposa o video-diarios a las cuatro de la mañana con un Andy desencajado. Llorando de desesperación. El documental está grabado con el máximo respeto a la familia y a su enfermedad. Pero también con la máxima elegancia con la que algo así se puede filmar. No es un recreo en el dolor y el drama. Es una historia de esperanza ciega y de lucha sin tregua contada por ellos mismos. Porque el sufrimiento físico lo narra Andy, pero el del corazón lo cuentan todos.

No creo que haya mejor forma de filmar una historia así. La belleza que rodea a esta triste historia, es a pesar de la muerte, un grito a la vida. Incluso una vez Andy nos deja, la visión de su esposa Vashti es todo generosidad y gratitud por todo aquello que han podido vivir juntos. Con sus hijos, siguen recordando a su padre con un recuerdo dulce y emotivo que transformado en mariposa, les recuerda que no todo termina ahí. Que aún hay viaje que recorrer.

He querido escribir sobre esta historia porque necesitaba hacerlo. Mi corazón me lo pedía. Pero también necesitaba expresar mi gratitud por el ejemplo que Andy Whitfield nos entrega y que a buen seguro, sirve para infundir valor en personas que están pasando por lo que él pasó y para los que estamos sanos, despertar de la absurda cotidianidad y valorar cada momento. Be here now.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *