Stranger Things

strangerthingsMe parece exagerado adjetivar a Stranger Things como la mejor serie de 2016. Es exagerado definitivamente, y no porque ya me lo pareciese antes de verla, si no porque tras verla, aún me reafirmo más. No le quitaré mérito al hecho que ha supuesto que una serie de este estilo haya irrumpido de la mano de Netflix de forma tan salvaje, pero obviamente, es un producto de consumo muy generalista y quizá también para románticos de los años 80 que quieran rememorar los últimos 30 años de cine infantil y fantástico en ocho capítulos muy intensos.

Si metemos en una cocktelera una parte de E.T., otra de Beyond Two Souls, una pizca de Poltergeist y chorrito de Los Goonies… y lo agitamos sirviéndolo en una copa Martini con una aceituna, podremos disfrutar de la bebida de moda: Stranger Things. Un cocktail servido muy frío del que se consume rápido y se habla por los codos. Tiene todos los ingredientes para el éxito pero ninguno para que forme parte del firmamento.

A Netflix le ha salido la jugada redonda contratando a actores famosos venidos a menos. Wynona Ryder o Matthew Modine conforman un elenco de buena talla y que resulta un reclamo junto con el guion. Un guion que resulta sugerente salvo por el hecho de que conforme te adentras en la serie, te vas dando cuenta de que algo no cuadra. Algo aparente casi desde el principio y que demuestra que el producto que se vende busca lo fácil: narices sangrando cuando utiliza la chica sus poderes, experimentos en un laboratorio de un pueblo pequeño de USA, una familia desestructurada, un policía demasiado implicado que resurge de entre el alcohol y la mala vida, planos picados de ambulancias y policía alejándose con gente arropada, niños en bici demasiado inteligentes y rollos amorosos de colegio. Demasiado manido y demasiado visto.

El premio a la peor actriz se lo daré a Natalia Dyer, empalagosa y poco creíble, me resulta soso y desfavorecedor. Es en parte por su papel, es en parte por su interpretación y escuálida figura. Lo que sí reconoceré, que me ha entusiasmado la interpretación de David Harbour en su papel de jefe de la policía. Alguien del que se espera poco al comenzar la serie y que acaba ganando mucha fuerza hasta convertirse en la figura de la serie. Un tipo carismático que se nos gana por meterse a héroe al investigar con minuciosidad aquello que nadie cree. Es verdad que es algo irreal que se lo tome tan en serio, pero lo pasaré por alto.

Algo que también me ha dejado buen gusto es el ritmo de cada capítulo –realmente no puedes dejar de verlo y consumir el siguiente- y la ambientación ochentera. La música, los colores, las bicis, la cinta americana, las chaquetas de pana, los coches y el letrero de la serie con esa fuente roja sobre fondo azul. Que me haya parecido una serie mediocre no le quita mérito al hecho de que haya cosas que sí merezcan la pena. Digo yo.

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