detachmentHoy hace una semana que vi «El profesor» (Detachment o desapego en su título original). Desde entonces, que no paro de darle vueltas a la película. Me llegó tan hondo que pienso que debo escribir sobre algunas de las reflexiones que Tony Kaye nos plantea. Más allá de esas reflexiones, nos queda un trabajo excelente con un Adrien Brody luciéndose en un papel hecho a medida para él y una soberbia calidad en cada uno de los minutos de cinta. Es de esas películas que cuando superas los primeros sesenta minutos, piensas: que no se acabe, que no acabe nunca.

Que nadie se lleve a engaño pensando que «El profesor» es la clásica historia de profe duro que llega a un instituto y mete caña a los alumnos para meterlos en vereda. Nada de eso. Aquí lo que vamos a ver es cómo un tipo hecho polvo, imparte clases a un grupo de chavales descarriados y que consigue ganárselos a base de buenos argumentos. Que sí, que quizá es algo idílico e irreal, pero la intención cuenta.

También me sorprendió cómo confluyen varias vidas en una misma historia: Henry Bathes, la prostituta, los alumnos, el resto del profesorado… Todas las vidas insignificantes de ellos, quedan reflejadas en poco más de hora y media. Relatos profundos y nada banales que se desarrollan como si nada, pero que alcanzan una calidad tan consistente que uno parece haber sido amigo de ellos en algún momento.

El reparto no termina con Adrien Brody. El elenco es de notable resalto, con James Caan dando guerra como profesor veterano, Christina Hendricks como profesora aliada y liada de Adrien, y una psicóloga Lucy Liu con esas gafas de pasta que tanto me gustan y que tan bien le quedan. Mención especial para la hija del director de la cinta, Betty Kaye que borda el papel de chica inteligente y sensible que acaba quitándose la vida por incomprendida. Bastante secundarios pero que su gran trabajo merecen bien este par de lineas.

La intención de Tony Kaye es dejarnos con un fuerte y triste sabor de boca. Todo lo que nos cuenta, es cierto. Y sucede en cada país, en cada ciudad, en cada colegio. Hablo del fracaso escolar. De cómo chicos en plena adolescencia, carecen de valores como el esfuerzo, la inquietud e incluso el amor hacia y desde ellos. Pero esas cualidades y sentimientos, nos son responsabilidad del colegio. Miento, no toda la responsabilidad es de ellos. El trabajo de los padres es muchos más importante que la del colegio. Una directora que debe lidiar con los hijos de las peores familias de la ciudad que ve cómo pierde su puesto sin opción a poder cambiar nada. Ni los tutores ni el profesorado podrán salvar a unos chicos que acuden a las clases sin los deberes hechos. Deberes que no se hacen en casa. Me refiero a la semilla que los padres debemos saber plantar en nuestros hijos. Semillas como el respeto, la honradez, el cuidado por el trabajo bien hecho, y sobre todo por despertar el asombro de los niños. Porque si esa semilla no se planta cuando son niños, difícilmente crecerá la flor quince años después. Cuando ese chico llega a esa edad, lo mejor es que llegue con el interés suficiente como para que sea él mismo quien se muestre receptivo a aprender. No es lo mismo aprender disfrutando que hacerlo por la fuerza. Ahora me acuerdo de aquello de que la letra con sangre entra. No estoy de acuerdo.

La educación es un pilar fundamental en nuestra sociedad. La sanidad es el otro. Pero un país sin educación, es un país fracasado. Y eso lo veremos -de hecho, lo vemos- hoy en día. Políticos, empresarios, y gente de a pie que sin educación ni valores sólo se acuerda de sus derechos y no de sus deberes. Una sociedad que respeta el valor de la cultura y del esfuerzo, esta destinada a sentirse eternamente indignada, triste y enfadada. Eternamente descontenta.

Luego nos encontramos con las vidas de los personajes adultos. Los que no son niños. Fruto de ese fracaso escolar, nos encontramos con el resultado pero una generación anterior. Profesores viviendo vidas de mierda que ven cómo sus vidas fuera de las aulas no mejora mucho. Esposas e hijos atados a la televisión, maridos ricos cínicos,… o la prostitución. Esta amalgama de vidas, casi un amasijo diría, son fruto de esa sociedad que mencionaba hace apenas unas líneas atrás. Pero si tristes son sus vidas, más lo es la vida de Henry Bathes. Un tipo solitario que vive su propio infierno y que sobrevive vaciando su corazón de sentimientos. Pero no siempre le funciona. Ayudar al prójimo o a su abuelo enfermo -un monstruo en su salud- le hacen ser humano. La paz y tristeza que arrastra se ve interrumpida por brotes y sacudidas de realidad y cólera ante las injusticia. Y es que uno no puede permanecer inerte ante todo y todos. Siempre acaba saltando el interruptor.

De la cinta me quedo con un montón de cosas y aprendizajes. Esa «Todos nosotros necesitamos algo para distraernos de la complejidad y la realidad» es demoníacamente cierta. Pero también hay uno momento que despierta en mí especial interés. Cuando le preguntan a Henry cómo sobrevive a este mundo. Y el responde «Yo vivo mi vida enfrentándome a los cosas de una en una». Y es así como yo también lo veo. Es la receta para no volverse loco.


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