Dientes blancos

Dientes blancos” parecía una novela fresca y dulce. A juzgar por el argumento, todos los indicadores me confirmaban buenas sensaciones: Es la historia de tres familias, la de Samad Iqbal, la de Archie Jones y la de Marcus Chalfen, que representan un verdadero crisol de etnias, religiones y culturas. Los ideales de unos y otros chocan frontalmente con los que se van gestando en las mentes de sus propios hijos, por lo que la trama gira no tanto en torno a enfrentamientos raciales, que los hay por doquier, sino a cuestiones puramente generacionales.

He superado más de la mitad del libro de Zadie Smith -627 páginas-, es decir, he incluso superado la norma de mi 33% de lectura obligada antes de abandonar un libro, pero a pesar de algunos atisbos de luz, la losa pesa demasiado. Páginas y páginas de pequeños detalles sin importancia recorren un libro demasiado cargado de insustancialidad.

Un plantel de personajes de vidas bastante aburridas e historias cotidianas que podrían ser la mía, hacen que la novela se me haya atragantado. No esperaba un ritmo trepidante ni pasarme horas enganchado a sus páginas, pero algo de vidilla se necesita para encarar la lectura en los últimos minutos del día, cuando uno se prepara para dormir. Abrir el libro y retomar su hilo se me hacía imposible. Demasiados temas variados, demasiados personajes y localizaciones, en definitiva… demasiados demasiados.

Me asombro a mí mismo cuando consulto en internet las críticas y todas son más que favorables. Sea por su argumento multirracial, multicultural,… que sea tan alabable. Quizás el estrato social de la clase media de los suburbios londinenses sea interesante a ojos de los expertos literarios, que incluso he leído, se mataban por publicar la obra de Zadie. Pero todo esto me recuerda un poco a un cuento de mi hija: El traje nuevo del Emperador. Por no reconocer que uno no tenga cultura, o en el caso del Emperador, gusto por el vestir y callarse hasta el punto de ir desnudo por la calle para no demostrar su teórica falta, es una sensación como la que estoy experimento. Pero yo no iré desnudo por la calle.

No acostumbro a escribir sobre libros que no me han gustado o que he abandonado, pero haber desperdiciado –algo bueno habré sacado seguro- tanto tiempo, me obliga a dejar rastro de ello en mi blog. Quizás de esta forma pueda disuadir a otro que intente la misma proeza que yo.

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