Little Big Lies, temporada segunda

No pensaba escribir, la verdad. Luego he pensado, por penosa que sea esta segunda temporada de Little Big Lies, merece la pena poner en negro sobre blanco cada detalle para que los ecos del universo se enteren. Finalmente haré esto: escribir que todo aquello que me engatusó en la primera temporada es un vago recuerdo en la segunda. Aquella apertura sensacional -banda sonora incluida, ya lo hablé-, la fotografía, los vestuarios, porque no, los carracos que conducen, los bolsos, la tecnología de sus casas, peinados, paisajes, entornos, todo era un regalo para los sentidos. Ahora todo eso, permanece en la segunda temporada, pero sin guión. Un precioso tigre sin huesos que flanea al caminar, lento, patoso y descompensado. Eso es justo lo que es la última temporada que HBO ha emitido por ahora. Por Dios, ni las actuaciones son creíbles. Ni sus vidas son interesantes, son patéticas, irreales y prácticamente subnormales. Niños y niñas con trajes de plumas vacío y llenos de basura.

Una segunda temporada que bebe del último capítulo de la primera durante todo el metraje de sus siete capítulos interminables. No repetiré. No otra vez.

La Chica Salvaje

La Chica Salvaje huele a perritos calientes, gambas fritas y pan de maíz. A cerveza y a bourbon. Pero a también a la humedad de las marismas, al frescor de la mañana entre bosques anegados, y al humo del pescado al arder. Son olores definitivamente dulces y añejos. Como cuando abres una caja de puros vacía guardada en un cajón después de muchos años. Pero todos esos olores, muchos de ellos aromas, encierran un amor sin límites por la naturaleza, por la tierra y los seres que habitan en las aguas. Una devoción desatada por alguien que no podía encontrar el abrazo de su madre o padre. Una niña abandonada a su suerte en una cabaña entre árboles y yerbas con apenas nueve años y que crecerá en solitario buscándose la vida para poder echarse algo a la boca.

Delia Owens sabe transmitir emociones como el que respira. Lo hace de forma natural y sin censura. A borbotones que yo digo. Tiene el poder de hacernos llegar el contacto del ser humano con la madre tierra; y lo hace empleando a una niña porque le va como anillo al dedo en su historia, y porque sin duda, la escritora debe vivir atrapada en el personaje. Sabe de lo que habla, y escribe con el corazón. Aquí no se admiten falsedades. Pero también es un viaje al interior de las miserias de la sociedad recorriendo los pasillos del engaño, la cobardía y la honradez. Actitudes primitivas que se erigen en los pueblos pequeños de la más profunda américa del sur de los años cincuenta contra una niña que vive en los pantanos. Sucia y casi de color. Pero un imán también para otros. Casi un objeto de deseo.

Cuando leo que La Chica Salvaje se ha vendido en Estados Unidos como churros, no puedo sentir más que alivio. Que un libro tan especial como este haya sido recorrido por miles de ojos y atravesado millones de cerebros me resulta reconfortante, esperando que la lección la hayamos aprendido un poco. Se podría decir que es una novela rosa en un porcentaje importante pero goza de tintes naturalistas desbordantes y se atreve incluso a juguetear con el misterio. No es negra la literatura, pero serán muchas las páginas que el lector andará devanándose los sesos hasta llegar a una conclusión quizá demasiado pronto. Demasiado evidente para los acostumbrados a la novela negra. Pero no le quita significancia al hecho de la buena escritura, el buen sabor y como he dicho, el buen olor.

Juego de tronos: última temporada

Me decían que series más buenas que Juego de Tronos, las hay. Pero lo que esas series discutibles no tienen, es algo que Juego de Tronos sí tiene: grandiosidad. Y quizá ya no deba escribir mucho más sobre este asunto. Es una serie que ha fabricado, al igual que Los Pilares de la Tierra, legiones de seguidores que han comenzado a adorar la Edad Media que tan poco suele agradar. Interesa más el futuro que el pasado en estos tiempos, y ver a hombres luchar con sus propias manos, beber vino en copas de oro y fornicar sin pudor como si no hubiera un mañana, no se estila. Pero Juego de Tronos ha conseguido eso y mucho más.

Vamos con los adjetivos, que me gusta mucho: cruel, marrón, oscura, incendiada, fría, dolorosa, primitiva, cruda, áspera, cálida también, fogosa, encarnada, engalanada, fétida, sucia, húmeda, sórdida, traicionera, animal… y seguiría. Todo eso es la serie. Es un apabullante despliegue de talento sin parangón donde tal y como explica una de las cabezas productoras: es una serie con ritmos de serie y presupuestos de serie, pero donde cada capítulo era una película. Y eso genera mucho estrés. Nieve hecha de agua y papel, pueblos inventados por completo de cartón piedra, pelucas, escudos, trapos,… un derroche de recursos que a veces hasta pienso que obscenos. Pero merece la pena. El resultado es un gigante de la narración que pasará a la gloria por sus interpretaciones soberbias, los paisajes superlativos, los efectos visuales sin límite, y un guión que lo tuvo fácil cuando se basó en los libros.

Al terminar la última temporada siento el vacío que se siente al terminar una buena historia. Pero un vacío especial esta vez, porque pienso que va a ser difícil volver a repetir semejante hazaña. Es que son los diálogos, el gran doblaje al castellano, el trabajo y documentación detrás de cada minuto de metraje. El honor de los caballeros por encima de todo. Valores. Pasarán muchos años antes de que volvamos a descubrir una obra maestra como esta.

Google Assistant ya está aquí. En tu casa.

Tirar adelante una familia no es moco de pavo. Con hijos y sus médicos y deberes, facturas, agendas apretadas, trabajos agobiantes,… Luego las cosas que se estropean, las que hay que cambiar, los números de teléfono, las listas de la compra, las reservas y citas, los trámites burocráticos, las revisiones del coche… total, que necesitaba una ayuda y hemos tenido que poner a una chica en casa para que nos eche una mano. Se llama Chelito -Chelo es su madre y tiene sobradas recomendaciones-, y es una ayuda sobresaliente. Nos ayuda con los deberes de las peques, toma nota cuando hay que apuntar jabón de la ducha en la lista de la compra, me avisa al despertar dulcemente, me dice cuánto tardaré en llegar a la oficina, me tira los dados cuando juego al parchís, me apaga las luces al ir a la cama, o me enciende la calefacción antes de llegar a casa. Y hasta le sobra buen humor para contarme un chiste o explicarme de qué va la última novela de Michael Connelly. Ya puedes imaginar que de humano poco tiene Chelito, nadie tiene tanta paciencia y estaría dispuesta a cobrar solo una vez por todo el servicio. Menos si solo son 38 euros. A estas alturas si no sabes que ella no es ello y que no es Chelito si no Google Nest / Home es que estás desconectado del mundo.

Es que no sé si le sacaría partido, ¿sabes? Me dicen algunos. Me ahorro los calificativos. Hay que ser soso para no entender que Google Nest -que es mi caso- es un asistente que en unos años, raro será que no habite todos los hogares del primer mundo. Y del segundo como que también. Es ridículo no adoptar esta tecnología cuando nuestra mente es tan inquieta y ávida de conocimiento como la mía. Y la de muchos. Cómo se titula el último disco de Madonna, cuándo murió Freddie Mercury, cómo va el Real Madrid, qué libros ha escrito Juan José Millás, que si lloverá mañana, cuántos kilómetros hay de París a Milán, qué significa galerna, cuántos dólares son 100 euros, o cuánto es 888 por 123. Y más, y más y más. Es inagotable. Y está ahí esperando a que preguntes. Es conocimiento.

Es domótica. Porque hoy a penas hay dispositivo para el hogar que no sea compatible con Google Assistant -o Alexa de Amazon. Desde una bombilla, a un sensor de humedad o un enchufe. Hasta los aspiradores. Todo integrado para ser controlado con nuestros teléfono o ahora ya con nuestra voz.

Es asistente. Porque le puedes pedir que te avise en 30 minutos para echar una cabezadita o para sacar las patatas del horno. O para poder una alarma mañana a las 7:30. O para sobre la marcha añadir cosas a la lista de la compra. O para que te añada en la agenda que mañana tienes dentista por la tarde. Vas y se lo cantas. Ella obedece.

Y es todo en uno cuando combinas el conocimiento, la domótica y asistencia, creando la rutinas. Las que te permiten al salir de casa, apagar todas las luces, encender el robot aspirador, lanzar un lavavajillas y apagar la calefacción. O darle los buenos días, para que te diga el tiempo que hará hoy, lo que tardarás en llegar al trabajo, que te encienda la luz de la mesita, te suba la persiana, te ponga la calefacción y encienda la cafetera. Y te cuente las noticias de hoy y de postre qué tienes en la agenda. ¿Quién se atreve a decir que no le encuentra utilidad?

Y que pasa si a todo esto le sumo IFTTT. Para los despistados, un automatizador de tareas que existe desde hace mucho antes de que lo supieras y que combina perfectamente con Assistant para crear listas de compra personalizadas, que llegues a casa y digas Abracadabra y envíe un email a tu hija o que te añada columnas a tu hoja de cálculo cada vez que la cámara interior detecte presencia.

Y si pensabas que tu vieja cadena de música, tu consola de aire acondicionado o tu televisor no los vas a poder controlar, te equivocas. Venden por cuatro duros un emisor de infrarojos programable que se integra con Google Assistant para dejar los mandos en un cajón para siempre. Busca Broadlink mini 3.

Y para rematar, podemos hacer llamadas con Duo, hacer casting desde nuestros teléfonos, conectar con ChromeCast, conectar varios Nest para reproducir música por toda la casa o conectar dos para emitir en estéreo, utilizar el altavoz para anunciar desde lugares remotos mensaje de voz a casa, busca nuestro teléfono, enviar telegrams o que te ponga música de pajaros antes de ir a dormir.

No tengo palabras. Aunque escribiendo tanto, no lo parece.

Killing Eve

Hacía mucho tiempo que necesitaba volver a HBO. Re-enganchar la suscripción e inyectarme en vena un buen puñado de series que tenía en mi radar desde hace tiempo. Para el que no me lea y llegue ahora, no soy de los que está mucho tiempo suscrito a una plataforma de video, por lo que mariposear de una a otra me produce cierto sentimiento de novedad. Y es cierto, lo experimento. Y como estreno, Killing Eve me ha dejado con la mandíbula colgando. Es puro oro de dieciocho quilates.

La primera temporada es sublime. La segunda casi. Las dos se mueven en perfecta armonía flirteando -esto ya no es tan novedoso- con la relación clásica de poli bueno con asesino malo hasta límites insospechados. Échale un punto lésbico, una pizca de atracción fatal, un revoloteo de traición y unas notas de cine negro del mejor, y tienes un preparado vitamínico para muscular al más delgado.

Del poli bueno, una vez enjuagado el mal recuerdo de Sandra Oh en Anatomía de Grey, nos encontramos con todo un personaje de astucia y misterio encarnando el lado bueno de la justicia. Del lado malo, nos encontramos con una insuperable interpretación de Jodie Comer como asesina psicópata mercenaria. Tiene un punto chic embrujador y una dulzura animal encerrada en una mente perturbada definitivamente. Luego esta la jefa Fiona Shaw que con su elegancia de acento inglés, descoloca y atrae por partes iguales. Los tres personajes están recreado de forma magistral al mismo nivel que el interpretativo.

El guión lo demás -que ya casi es lo de menos-, se mueve con una soltura sorprendente dando bandazos y giros de caderas rápidos y desconcertantes. Buen ritmo y un toque de humor donde el buen hacer de Phoebe Waller-Bridge, creadora y artesana, se nota en cada diálogo y cada centímetro de rodaje. Ella es la gran no protagonista. Si en Fleabag se lució delante de la cámara, aquí lo hace desde atrás, aportando a la serie ese cincuenta por ciento británico para sumar con el americano.

La tercera temporada está en liza y leo por ahí que el rodaje de la cuarta está calentica.

La Búsqueda

Charlotte Link ha utilizado La Búsqueda para desarrollar todo un tratado sobre la soledad. La novela la ha vestido de thriller policiaco con tintes de corte clásico donde no falta un buen plantel de personajes potencialmente culpables, una trama esponjosa donde por cada hueco se cuela una mentira, una ambientación húmeda y fría donde los páramos británicos nos calan hasta los huesos; y luego esta lo de la soledad. Mucha soledad. Tanta como para alcanzar la depresión, los malos tratos, el alcohol y el asesinato.
Con eso de la desaparición de varias chicas de catorce años en un pequeño pueblo costero al este del continente británico, Charlotte desarrolla toda una artillería de estudios sociológicos apabullantes. Quizá la escritora alemana en algún momento de su vida se interesó por la psicología, o simplemente y por desgracia, ella misma se ha visto realmente salpicada de suficientes hechos dramáticos como para abonar un campo de más de quinientas páginas de vidas hechas jirones y juguetes rotos. Ella nos lo explica con todo detalle en una novela que transcurre lentamente, con respiración 1-2-3, 1-2-3, y que implacablemente nos lleva de una hipótesis a otra con giros que nos dejan la sorpresa contracturada.
Las novelas policíacas, aunque no me atrevería a sentar cátedra, no son novelas policíacas si al lector no le dejan con la boca abierta en algún momento. Cuando el asesino de la niña es el propio padre, cuando se encuentra el cadáver putrefacto del desaparecido en un pantano cuando se le daba por vivo, cuando aquel periodista amigo del detective resulta que encerraba un oscuro secreto… tiene que haber un giro inesperado que nos deje la mandíbula colgando. Pues si es de obligado como digo ese giro, que yo haya identificado, La Búsqueda encierra como mínimo tres. Y eso, es mucho decir cuando un lector experimentado y forjado en la novela negra como yo, no ha sido capaz de anticipar los acontecimientos. Y eso que la extensión de la novela da para devanarse los sesos para largo, pero a diferencia de otras novelas donde suelo se crítico con este punto, en este caso no le sobra ni una página.
Doy por hecho que con Charlotte voy a tener una larga relación amistosa a juzgar por su bibliografía, que de mantener la misma calidad que en La Búsqueda me voy a ver obligado a crearle una categoría propia en el blog.

Loba Negra

Una vez entras en el mundo de Juan Gómez-Jurado, todo lo demás resulta melifluo. Insustancial. Su estilo es tan pegajoso, que no te lo quitas de encima, y poco menos que acabas encarnándole en algunos correitos en la oficina, en las bromicas de la mañana y hasta cuando escribo en el blog. Podríamos decir que Juan inaugura un estilo de escritura que siempre ha estado ahí, entre lo gamberro y progre, trayendo loca a la RAE pero enriqueciéndola al mismo tiempo con normas y recursos de nueva cuna.

Sabe manejar la pluma con una resolución pasmosa; pero también cautivando al lector como nadie lo había conseguido hasta ahora con un argumento fresco, rico, abundante. Sobretodo cargado de escenarios, historias y personajes hiper-definidos. Rodeado de lo más selecto del panorama humorístico actual, bebe influenciado de las mieles del éxito que le suponen una segunda entrega que supera con buena nota Reina Roja, consagrándose en Loba Negra como un referente de la novela española. Me pregunto si su estilo vendería fuera de nuestro país. Quizá el encaje en otros idiomas no sería tan resultón y le costaría encontrar un público que no ve más allá de una buena historia.

Nuestro mariquita favorito, y la cerebrito de Antonia vuelven a enfrentarse al mal en una movida aún más tocha que la del primer libro. Es más ligera quizá -Reina Roja rayaba la viscosidad argumental, pero sin queja-, más resuelta y directa. Tiene un ritmo tan poderoso que lo cierras al terminar y al menos un servidor, siente que todo ha pasado demasiado rápido. Como en una tarde sin merienda mordiendo uñas. Muy fugaz. Es un libro para volver a leerlo e incluso del tirón nuevamente con Reina Roja. Los otros libros -Cicatrices y otro que no recuerdo y que me da pereza buscarlo en Google- están en la lista, pero necesito limpiarme de Juan. Tendrán que esperar. Demasiado bueno. Mira, hasta le voy a crear una categoría a ver qué tal queda.

La Cadena

Vuelvo: Detesto los mensajes ¡El libro del que todo el mundo habla! Pues así es como describen La Cadena. Tampoco no me valen un buen puñado de recomendaciones de periódicos y escritores haciéndose elogios entre sí, diciendo que una vez empiezas el libro no puedes para de leer. Eso esta muy sobado y de manido que es, que me da vergüenza ajena por aquellos que se prestan a semejante chupa———-. Pero como Don Winslow también dice que es canela, pues quizá merezca la pena intentarlo. Total, empiezo a leerlo y si no cuaja, a por otra cosa. Pero resulta que es verdad, que arranca duro, empuja fuerte y no desfallece hasta casi el final, donde reposa para compensar tanta adrenalina.

Pero que sea una novela negra trepidante, tampoco no sabría decir si es bueno. Osea, ¿si es rápida y frenética gusta? ¿Si es lenta y pausada no? Bueno, todo en su medida, pero el consumo de lo que sea, especialmente de la lectura, al por mayor y sin respirar, no me hace. Y Adrian McKinty te lleva al límite en esta obra. Te exprime sin piedad y te hace saltarte líneas, párrafos, hojas… bueno, sin pasarse, pero es aniquilador. El ritmo es contra-natura y te absorbe como un vórtice en una historia bien hilvanada prácticamente sin peros. Algunas coincidencias demasiado casuales, tecnológicamente discutibles algunos puntos, y algún flojeo que no resiste a la realidad cuando impacta con la tinta de la pluma de Adrian -¿en serio accedo a la red oscura y compro pimpam?-.  Pero poco importa, el espectáculo está servido, y La Cadena es un tren sin estaciones que avanza echando humo sin conductor. Protagonistas luchadores, rotos, sacrificados, idos y venidos… bien construidos. Un argumento tenaz, construido desde la documentación y la poderosa arma de la creatividad malévola. Entornos bien descritos que bailan por la costa nordeste americana arropando vidas al límite. Es en definitiva, un despliegue animal para una obra que pone en aprietos a los grandes. Hasta sobrepasarlos en algunos casos.

Modern Love

¡La serie de la que todo el mundo habla! Detesto estos titulares. De verdad, los detesto. Pero ahora que he visto los ocho capítulos de Modern Love es cierto que es una serie que llega profundo. Ocho historias con vidas muy diferentes pero con un lugar común: Nueva York y el amor. Quítate de la cabeza amores ñoños o infantiles. Hay crueldad, hay desidia y también mucha esperanza. Una serie rodada con corazón y dándolo todo. No se guardan nada, ni los directores ni los actores, que casi todos son de la pequeña pantalla y alguno de la grande, pero rebosando arte sin frenos.

Parece que además, se ha convertido en deporte blogger ordenar de mejor a peor los ocho capítulos, y todos a dar su opinión. Qué patético. Tanto como que yo también lo haré a mi manera. (Los humanos estamos cargados de contradicciones hasta la médula):

1. El del joven que monta una app de citas y la periodista.

2. El de la chica bipolar.

3. El del matrimonio hastiado que se arregla jugando a tenis.

4. El de los mariquitas que adoptan un bebé.

5. El de la chica que tendrá un bebé y tiene como padre al portero.

6. El de la pareja que se acaba de conocer y él acaba en el hospital.

7. El de los runners abueletes.

8. El de la chica que busca un padre en un compañero de la oficina.

Red Oaks

Red Oaks es un club al que acude la clase apoderada -creo que de Nueva York- a tomar aperitivos, echar unos raquetazos y jugar al golf. Allí, sus empleados son los protagonistas, buscándose un porvenir como aparca coches, vigilante de piscina o profesor de tenis. Cada protagonista tiene su espacio y su identidad en la serie, creando entrañables personajes a los que poco a poco se les coje el punto de cercanía al que nos acostumbran unos cuantos capítulos. Tres temporadas que parecen cortas -son de veinte minutillos- y que arranca muy bien en la primera, regulea en la segunda y mejora notablemente en la tercera.
El protagonista es un tipo sencillo y honesto. Prácticamente post-adolescente se rodea de iguales para compartir un futuro incierto pero prometedor en deseos. El amor está presente, la corrupción también y el poder por descontado. Chicas guapas, tipos feos y padres entrañables. Una serie fresca, cálida y recomendable sin mucho interés intelectual.