HBO a lo grande

Es innegable la abrumadora superioridad a nivel de calidad y cantidad de HBO sobre cualquier otro canal de televisión por internet. Prueba de ello son las tres últimas series que he visto y con las que por ahora me despido por un tiempo para descansar este verano de tanta emoción fuerte.

El orden poco importa, ha sido cronológico, pero empiezo por Better Things: arrastrado por la arrolladora personalidad de Pamela Adlon, quien dirige y protagoniza la serie, me he lanzado a ver sus tres temporadas -la cuarta imposible, no hubo tiempo- donde interpreta a una cuarentona madre soltera californiana dobladora de películas -cuánto adjetivo junto- a la vez que trata de encarrilar su vida afectiva hacia el nunca se sabe. Tres hijas con sus tres personalidades coprotagonizan un esperpéntico y adorable panorama donde todo está roto y siempre va a peor. Amigos gays, una madre viuda rebelde, mucho vino, y poco sexo son las guindas que endulzan un buen puñado de capítulos cortos que siempre saben a poco.

La segunda gran sorpresa vino con The Leftovers, que aunque ya es antigua y siempre ha estado en la lista de deseos, la arranqué con pocas ganas. ¿Sabes aquello de hay que verla porque hay que verla? Pues eso. Pues resulta que no ha sido solo un cumplir, ha sido un descubrimiento fantástico, una delicia. Desgarradora desde el minuto uno, un 2 por ciento de la población mundial desaparece de repente, carros de la compra sin dueño corren calle abajo, un bebé que desaparece de su sillita en el coche, coches que colisionan sin conductor… Así, con un chasquido de dedos. Los desaparecidos son llorados por sus familiares y afloran religiones augurando tiempos peores. No hay explicación, no hay consuelo, solo seguir adelante. Y ahí nuestros protagonistas lo llevan como pueden: el prota principal encarnado por el guaperas siempre cabreado Justin Theroux -la barba le sienta estupenda- al mando de la policía de un pequeño pueblo, la frágil belleza de Carrie Coon que ha perdido a todos los miembros de su familia, y la descarrilada Liv Tyler -qué bien conserva los años- que se revela ante los acontecimientos. Dos temporadas estupendas -la tercera y última tampoco pude terminarla- que me dejan con ganas de más para cuando se pueda.

Y la tercera y última, otra gran sorpresa. Quizá la más banal de las tres por su argumento, pero que ha arraigado fuerte en mi imaginario interior: La señora Fletcher. Recomendación; ni caso de la imagen publicitaria de la serie y del argumento. La serie va mucho más allá, no va de una mujer adicta al porno. Es mucho más. Es una mujer sola, triste sin que lo sepa, y de un hijo estúpido triste también. Sí que hay sexo, y todo gira sobre él, faltaría, pero Tom Perrota -ya hablaré de él un día que me apetezca- ha dibujado un personaje muy estructurado y lleno. Hablo de Kathryn Hanh, que interpreta a una mujer madura divorciada que descubre con los brazos abiertos todo aquello que no existía para ella en el matrimonio aburrido y que ahora le abre los ojos. Es sorprendente el ser humano y qué desperdiciado se encuentra.

HBO gracias por estos meses de nutrición intelectual. Me voy por un tiempo. No es un adiós, es un hasta luego.

No dar de comer al oso

Rachel Elliott ha venido a cubrir el hueco que Douglas Coupland dejó cuando no sé porqué motivos aparcó la escritura. En No dar de comer al oso, encuentro el más puro ecléctico estilo de familias desestructuradas, sumidas en desgraciada felicidad bañada en alcohol. Personas que viven vidas que no quieren y que disfrutan con ello. En este caso dos familias que tiran adelante con un luto que preservan con adoración y buscan acompañantes para destruirles sus vidas con amor. Pintura, libros, música y mucha confusión colman las páginas de un libro denso, muy denso, que necesita de pausas para retener tantas experiencias. Una novela que se degusta con lentitud, pausadamente, disfrutando hasta del título de cada capítulo. Un libro que definitivamente obliga a su relectura como mínimo un par de veces. Volveré…

Stumptown

La belleza de Cobie Smulders fue la única razón de peso que me llevó a echarle el lazo a Stumptown. Luego que estuviese basada en un comic, ambientada en Portland y con unos personajes secundarios muy aceptables, acabó llevando la balanza hacia donde más pesa. Si has visto Castle o Jessica Jones ya puedes hacerte la idea de por dónde van los tiros. Es una serie fresca, bien planteada, con un hilo conductor entre capítulos muy coherente y dejando suficiente sitio al resto del reparto para que brillen. Si Dex abruma con su presencia y frescura, el resto de personajes, especialmente Grey y Miles, tienen sus momentos e incluso casi sus capítulos dedicados. Una serie rápida sin complicaciones donde lo que cuenta es lo que ves. Simple.

La revolución tecnológica que se hace paso sin hacer ruido: UltraWide y SSD PCIe

Por casualidad cayó en mis manos un equipo HP EliteBook al que debía instalarle algo. No sabía qué tenía bajo el capó, parecía un portátil más como otros tanto que son plateados, teclas negras y bastante ligeros. El caso que es fue pulsar el botón rectangular de encendido y arrancar de un modo que me pareció haberlo sacada del estado de Suspensión. Como si estuviese encendido pero con la pantalla apagada. El caso es que lo reinicié cuando terminé algunas cosillas, y volvió a suceder. Es que fue cosa de 3 ó 4 segundos; que el equipo volvía a arrancar en un santiamén. Pensé que los discos SSD habían mejorado mucho, pero no fui capaz de racionalizar la limitación del bus SATA al que se conectan, pues por rápido que funcionen estos discos, su tecnología no le permite funcionar como si prácticamente fuese RAM. El caso es que apunté mentalmente saber qué le pasaba a ese equipo. La respuesta estaba en el disco, mejor diré tarjeta, Samsung PM981 que pinchada en el bus PCIe directamente, hacía a aquel equipo comportarse casi como una tableta. Hablo de velocidad en un Windows. Hemos pasado definitivamente a una etapa tan radical en cuanto a rendimiento como cuando pasamos de los discos mecánicos a los SSD.

Por otro lado, y esta vez de forma meditada, en mi escritorio y colgada de la pared, la LG UltraWide de veinticindo pulgadas me deja con la mandíbula colgando. La compré sabiendo lo que quería, apostando por dejar atrás las dos pantallas clásicas separadas por marcos que tanto me han aportado para pasar al siguiente nivel. Hablo de 2560 píxles por 1080 de alto. Un lienzo donde crear y crear a ritmo diabólico con media docena de ventanas abiertas a la vez extendidas que se pueden configurar como un solo monitor o varios virtuales mediante el software diseñado y entregado. Es un goce sublime llevar al siguiente nivel de multitarea procesos y aplicaciones que se ejecutan ante tus ojos y son consumidas al mismo tiempo con tanta belleza y orden. Es la personificación de la optimización del escritorio. No puedo imaginarme lo bien que luciría la versión de 29 o 32 que no me cabía en la mesa. Lástima. Pronto quizá. Y si hablamos de videojuegos a esa resolución, mira, mejor me callo.

El Visitante

Quizás los directores de la serie deberían haberse guardado el secreto eligiendo un título no tan explícito como El Visitante. El título original tampoco es muy discreto, The Outsider, que prácticamente es igual de cagada. Imagino que Stephen King es el culpable, pero al final qué más da. Si la serie de HBO es tan deliciosa, el libro debe ser puro oro.

Otra vez el formato miniserie nos atrapa. Son diez capítulos de ritmo sereno donde los crímenes se suceden por autores cuyas coartadas los sitúan en dos lugares distintos en el mismo momento. Crímenes horripilantes que serán investigados por lo que a mi juicio es uno de los mejores investigadores jamás interpretados en el mundo del cine. Encarnado por Ben Mendelsohn, el policía roto y triste, avanza en la investigación con meticulosidad para descubrirse a si mismo y sus convicciones. Un personaje gris, cabizbajo, lacónico, que comparte con su mujer la pérdida de su hijo mientras trata de hacer justicia ante la serie de crímenes de otros niños aparecidos asesinados de forma salvaje. Además es productor junto con Jason Bateman, quien lo borda también en los primeros capítulos de la entrega.

Un thirller de altura, con un guión basado excelente, unas actuaciones sobresalientes a la altura de sus personajes y una ambientación extraordinaria. Todo a un ritmo pausado, servido a fuego lento y con calidad de sobras para quedarte con ganas de más. Y rematado con un final épico que le otorga mi galardón personal de obra maestra.

La mujer de verde

La dura vida arriba allá en el mapa donde se ubica Islandia siempre me ha causado cierto magnetismo. Los desórdenes de luz durante el invierno, el clima feroz y el estilo de vida de la isla me hacen fantasear con ser uno más allí. Igual duraría dos días y pronto me volvería a la cálida España, pero saber de allí y si es a través de una novela policíaca me resulta estimulante. Es una oportunidad de acercarme y mirar por el ojo de una cerradura sin ser visto. La Mujer verde descansaba en una estantería de casa por lo menos hace dos años, y ahora en confinamiento, es buena ocasión para tirar de recursos olvidados.

Arnaldur Indridason nos sumerge en una historia de dolor permanente. De fracasos personales en un antes y un ahora que se combinan para adentrarnos en la investigación de unos huesos aparecidos y que llevaban enterrados casi sesenta años. Huesos que descansaban a la espera de ser encontrados y hacerse justicia. Mientras, y de forma tan abrupta como intercalada, una historia de violencia doméstica nos pone la piel de gallina capítulo sí capítulo no, para que ambas historias se encuentren casi de forma previsible, pero enigmática. Personajes poco definidos se mueven con soltura bajo la dirección de su autor que prefiere ir al grano a detenerse en perfiles psicológicos o históricos. Todo fluye página tras página entre las desgracias de nuestros personajes, que incompletos en sus vidas personales, apenas son capaces de tomar rienda en la investigación.

Una lectura muy cautivadora, por el escenario, el paralelismo temporal y el ansia de justicia que el lector necesita satisfacer.

Age of Empires 2 Definitive Edition

El confinamiento nos está dando la oportunidad de saborear las cosas a otro ritmo. Más pausado, sosegado y justo. Ahora resulta que nos damos cuenta de la cronofagia que sufrimos, que además de ser crónica -esto va de Cronos- es perjudicial y nos mata poco a poco. Vaya novedad. El caso es que hace apenas unos meses, la segunda entrega del mítico Age of Empires se vio remasterizada y envuelta con un lazo para ser servida en un paquete muy especial: la Definitive Edition. Pide maquinón, tarjeta gráfica inhumana y una buena conexión a internet para jugar Online, pero os juro que todo eso lo vale.

Porque además en la versión de Microsoft -la de Xbox-, hay un paquete de mejora gráfica que lleva los detalles a niveles insospechados. Todo además, servido a resoluciones que cuatriplican la alta definición y que quizá multiplican por ocho en algunos casos, la resolución a la que jugué hace más de veinte años. El mismo funcionamiento, las estrategias, lo trepidante, lo detallado de las campañas, todo listo para hacernos pasar las horas delante de la pantalla prosperando hasta la Edad Media, la de los castillos y la Imperial. Jugar además Online es un animal devorador de horas que te atrapará sin fin. Otro día hablaré de lo mítico que resulta jugar al AOE en la pantalla UltraWide a 2560 por 1080 pixeles en calidad Ultra. Sobrecogedor.

True Detective, tercera temporada

La segunda tercera de True Detective no superó a la primera. Sí tuvo momentos brillantes, fue una gran historia, pero le faltaba ese punto que solo Matthey y Woody saben darle. Ahora la tercera se estrena con un Stephen Dorff en todo su esplendor y un Mahershala Ali en su mejor momento. Ambos actores, al igual que la temporada entera, va de mucho a menos poco a poco. Apagándose y desluciéndose hasta alcanzar la oscuridad. Todo ese arranque bestial que nos acompaña durante los dos y tres capítulos es todo lo que tenemos. Luego llegan los peros, los puntos flacos, las piezas que se aguantan por los hilos -incluso se rompen-, las idas de olla y las venidas a menos.

Es una buena ejecución. También la buena fotografía, la ambientación e incluso el ritmo siguen la estela de ese opera prima que fue la primera temporada, pero acaba decepcionando. Muy solemne con el caso, los niños desaparecidos… pero ni el nudo ni el desenlace están a la altura. Lástima.

El día antes

Jamás pensé que me emocionaría tanto con una novela sobre mineros del carbón en el norte de Francia ambientada en los setenta. Justo el año que nací además. Basada en la tragedia que sacudió a todo un país donde murieron 42 personas intoxicadas por la hulla, Sorj Chalandon se vale de un hecho histórico para profundizar en los sentimientos que despiertan las injusticias y el deseo de venganza. Desconozco hasta qué punto la novela es novela y dónde acaban -o empiezan- los hechos reales, pero es indiscutible que el autor sabe echar sal a las heridas como el mejor.

Es una familia, un pueblo, una generación entregada a producir, a escavar y a luchar contra la silicosis. Carbón en la ropa, en los dientes, en las narinas. Carbón que llena los pulmones y que se va la casa de cada minero llenando el vacío de sus vidas. Y la vida de Michel Flavent, nuestro protagonista, es la primera víctima de todos. La víctima 43 que no murió en la mina pero cuya alma quedó sepultada en el pozo. Una vida arrastrada por la muerte de su hermano y que le empujará a descubrir lo mejor y lo peor de él mismo. Atrapado desde su niñez, crecerá roto viviendo de un pasado feliz interrumpido.

La novela escrita como las que a mi me gustan, repara en lo cotidiano, en lo excepcional de los pormenores y capitaliza todo el rencor que despierta el abuso del trabajador. Del comunismo. Del capitalismo. Poco distantes uno del otro aquí. Almas olvidadas que entregaron sus vidas a cambio de un puñado de malos recuerdos que contar en el café con unas cervezas. Pero también el autor nos sabe hablar del perdón y de esa supuesta escala de grises que nos identifica a las personas. Sorj juega con nuestro corazón y nos lleva a la lágrima en un libro que definitivamente se merece el Premio de los Libreros de París.

Chernobyl

Si alguna serie de HBO tiene el reconocimiento de obra maestra -y tiene muchas-, es Chernobyl. Escribiré Chernóbil de ahora en adelante, en mi idioma. Aclamada por la crítica de punta a punta del globo, es de obligado su visionado, y aunque me sabe a poco con sus cinco escasos capítulo, obra maestra se queda corta. Está explicada de forma magistral para que todos lo entendamos. Lo que pasó y lo que no se quiso contar. Se le ha dotado de intriga para alejarla de un aburrido documental y se le ha cargado de sentimiento, valores y montones de vidas rotas. Es una entrega total de información valiosa que nos dará la oportunidad de avergonzarnos como humanos en lo fracasados que somos. Somo un experimento fallido de seres vivos que nos escondemos de la verdad cuando nos equivocamos, cuando nos supera el orgullo, cuando todo importa y cuando nada también. Cuando nos creemos más altos que el vecino, más listos que tus subordinados o más experimentados que nuestros abuelos. Cuando un país esconde sus vergüenzas sacrificando a los suyos, cuando solo queremos agasajar a quienes tienen poder para tratar de ocupar su lugar, cuando politucuchos tienen más decencia que presidentes o cuando científicos o mineros ofrecen sus vidas por la de otros. A precio regalado. Sin preguntas.

Chernóbil es una lección para todos. Para los derrotados y para los vencidos. Pero también es una oportunidad de aprender a no volver a cometer errores pasados, a sabiendas de que se volverán a cometer. Pero quizá haya oportunidad para la duda. Para sembrar una semilla más que pueda fructificar en algo bueno. Es una serie de obligado para todos en la que además de mensaje, hay un buen trabajo de dirección y ejecución. La interpretación es sobrecogedora aunque hoy en día parece más fácil interpretar papeles tristes que alegres, y aquí hay tristeza para llenar una central nuclear.