Luke Cage

Rosario Dawsonia Marvel es (o era) decidida como mínimo. Que si ahora los derechos son de Disney o de la madre que los trajo, poco importa. El mérito es de Netflix, que tiró adelante con Jessica Jones, Daredevil o el mismísmo Luke Cage, del que quería escribir hoy aquí.
Con un fuerte sabor negro del Bronx, una banda sonora soul que te mueres, una escala de grises infinita de justicia y unos personajes que brillan a la altura del cielo, la serie en sus dos exquisitas temporadas, brilla como el sol sin aflojar ni un rayo. De hecho, y aunque nuestro protagonista encarnado por Mike Colter se deja la piel, es superado -casi arrollado- por las interpretaciones de secundarios de la talla de Mahershala Ali, Rosario Dawson, Alfre Wood o Theo Rossi. Y Simone Missick, papelón de Oscar.
Es de esas series donde el protagonismo se reparte por igual entre todos. De esas series que te atrapan en una atmósfera tan inverosímil como real que a ritmo de puñetazos y drogas, te reconforta con el deseo de justicia que tan gustoso encuentro en cualquiera de los The Defenders. La tercera temporada se ha visto truncada con la compra de derechos y tal, pero es necesaria para dar encaje al final de la segunda temporada. Es de obligado señores.

State of the Union

Resulta que State of the Union es una serie tan corta, que hace un mes, al abandonar temporalmente mi suscripción de HBO y recapitular sobre las últimas series vista, me olvidé de ella. Cronológicamente la dejo aquí, ya me está bien, pero ya han pasado algunas semanas desde entonces. Y es que sus capítulos de poco más de diez minutos son un insulto al televidente. ¿Acaso no es mejor realizar una película de horita y media a la antigua usanza? La estupidez de los tiempos que corren es tal, que al final si tanta serie queremos, pues serie tendrás. Aunque sean ocho o diez capítulo de diez minutos. Qué horror. No obstante el mano a mano de Rosamund Pike -Dios, aquella Perdida (Gone)- con Chris O’Dowd -Dios, aquella Los Informáticos (IT Crowd)- es de recuerdo. Se mueven muy bien ante las cámaras, te hacen suyo, te absorven y les entiendes. No saben si se quieren o si desean separarse, y por eso van a un psicólogo. Pero se quieren. Yo lo sé. Es casi una obra de teatro con ocho descansos. Qué mundo este donde todo lo fraccionamos, lo compartimentamos y las distracciones nos atropellan día sí, día también.

Días de Guardar

No sabía nada sobre Carlos Pérez Merinero cuando comencé su novela. Tampoco si antes o después de Días de Guardar -escrita en 1981 y reeditada por Reino de Cordelia-, la prensa escrita le rindió buenas o malas críticas, pero lo que no cabe duda, es que este tío -este escritor perdón-, me tiene loco. Resulta que sí, que escribió un montón, que hasta guiones para cine y televisión. Las primeras líneas de la novela son un hostión en la cara de buenas a primeras; no apto para sensibleros. Es de un macarra sin límites, es la historia en primera persona de un delincuente que avergonzaría a cualquier madre e hijo de vecino. Una novela escrita con una provocación sin límites donde no hay reglas ni formalismos: pura violencia animal sin sentimientos. Pero no se engañen, que además, resulta que está muy bien escrito. Y cuando digo bien escrito me refiero a bien escrito. Punto. Sin zarandajas.
Las expresiones barrio bajeras se entrelanzan unas con otras como una carretera de curvas cerradas en plena baja y escritas en pesetas. El libro no se lee, se devora a mordiscos. La velocidad es tal que es imposible hacer un capítulo por día de la semana como nos invita el escritor, donde todo comienza un lunes y termina un domingo. Frases cortas disparadas en ráfagas con toda la sabiduría carcelaria española condensada en párrafos no tan cortos que te atosigan hasta el punto de dejarte sin aire. Y de pronto, una chorrada tan gorda que te arranca una sonrisa de oreja a oreja no sé si por lo disparatado o por la vergüenza ajena que uno siente. Pero me río, y me he reído mucho. No mal interpretarme, la vida de este tipo es pura desgracia, es un despojo en toda regla que debería ser apartado de la sociedad de hoy mismo para mañana. Lo que ocurre, que leido todo en clave ficticia, cobra un matiz que te aleja tanto de la realidad, que al final el escritor consigue despertar hasta cierta camadería con el protagonista. Qué asco siento al leerme. Me entra una risa de la puñeta que no puedo borrar. Recomendado para lectores duros ibéricos.

Dos Monstruos Juntos

Es inevitable andar preconcibiendo la lectura de una novela de Boris Izaguirre con su persona. Alguien tan público como él, irremediablemente condena su escritura a muchos niveles. Para empezar su homoxesualidad seguro que condiciona en mucho a cualquier lector, pues lo primero que uno piensa es que las andanzas amorosas de cualquiera de sus obras -o al menos la que nos ocupa- gira entorno a líos de pantalones. Luego lo descarado que es él, que si alguno de sus rasgos predomina sobre otro, es el de desinivido; y extrovertido. Su amaneramiento, su provocación y su desparpajo configuran una personalidad que luego resulta no casar con lo que uno espera en Dos Monstruos Juntos. Sí, decididamente la novela la ha escrito Boris, se le nota mucho, pero de primeras, lo que uno debe sacudirse nada más abrir el libro son los prejuicios. Luego, disfrutar de una buena historia.
Dos Monstruos Juntos gira entorno a la relación de una mujer y un hombre de éxito, que flirteando con la corrupción deciden hacer negocio en el mundo de la cocina. Afamados en España desde sus inicios en Barcelona, se lanzan a una aventura vertiginosa en Londres, ciudad mundial del dinero. Los éxitos cosechados en Nueva York no hacen mas que afianzar los lazos que les unen a la pareja y que a la vez los condenan. Ella, voraz, ambiciosa y sin escrúpulos, contiene la honestidad de él, que ensimismado en su profesión, desea tomar las riendas de su relación aparcando escarceos nocturos, relaciones interesadas y lujos venidos con malas artes y fraude. Todo esto rodeado de lujo, marcas de moda, aviones privados y mucho alcohol.
Bien escrito, con buen ritmo, con una historia creíble, el libro de Boris derrocha buen hacer y bravuconería. La experiencia de un hombre viajdo se plasma en las vidas de unos protagonistas rotos que no saben a dónde ir. Si he de volver a leer un libro del Izaguirre, el próximo lo haré con una predisposición distinta. Más interesada y optimista. Sin condiciones; no cabe duda.

HBO a lo grande

Es innegable la abrumadora superioridad a nivel de calidad y cantidad de HBO sobre cualquier otro canal de televisión por internet. Prueba de ello son las tres últimas series que he visto y con las que por ahora me despido por un tiempo para descansar este verano de tanta emoción fuerte.

El orden poco importa, ha sido cronológico, pero empiezo por Better Things: arrastrado por la arrolladora personalidad de Pamela Adlon, quien dirige y protagoniza la serie, me he lanzado a ver sus tres temporadas -la cuarta imposible, no hubo tiempo- donde interpreta a una cuarentona madre soltera californiana dobladora de películas -cuánto adjetivo junto- a la vez que trata de encarrilar su vida afectiva hacia el nunca se sabe. Tres hijas con sus tres personalidades coprotagonizan un esperpéntico y adorable panorama donde todo está roto y siempre va a peor. Amigos gays, una madre viuda rebelde, mucho vino, y poco sexo son las guindas que endulzan un buen puñado de capítulos cortos que siempre saben a poco.

La segunda gran sorpresa vino con The Leftovers, que aunque ya es antigua y siempre ha estado en la lista de deseos, la arranqué con pocas ganas. ¿Sabes aquello de hay que verla porque hay que verla? Pues eso. Pues resulta que no ha sido solo un cumplir, ha sido un descubrimiento fantástico, una delicia. Desgarradora desde el minuto uno, un 2 por ciento de la población mundial desaparece de repente, carros de la compra sin dueño corren calle abajo, un bebé que desaparece de su sillita en el coche, coches que colisionan sin conductor… Así, con un chasquido de dedos. Los desaparecidos son llorados por sus familiares y afloran religiones augurando tiempos peores. No hay explicación, no hay consuelo, solo seguir adelante. Y ahí nuestros protagonistas lo llevan como pueden: el prota principal encarnado por el guaperas siempre cabreado Justin Theroux -la barba le sienta estupenda- al mando de la policía de un pequeño pueblo, la frágil belleza de Carrie Coon que ha perdido a todos los miembros de su familia, y la descarrilada Liv Tyler -qué bien conserva los años- que se revela ante los acontecimientos. Dos temporadas estupendas -la tercera y última tampoco pude terminarla- que me dejan con ganas de más para cuando se pueda.

Y la tercera y última, otra gran sorpresa. Quizá la más banal de las tres por su argumento, pero que ha arraigado fuerte en mi imaginario interior: La señora Fletcher. Recomendación; ni caso de la imagen publicitaria de la serie y del argumento. La serie va mucho más allá, no va de una mujer adicta al porno. Es mucho más. Es una mujer sola, triste sin que lo sepa, y de un hijo estúpido triste también. Sí que hay sexo, y todo gira sobre él, faltaría, pero Tom Perrota -ya hablaré de él un día que me apetezca- ha dibujado un personaje muy estructurado y lleno. Hablo de Kathryn Hanh, que interpreta a una mujer madura divorciada que descubre con los brazos abiertos todo aquello que no existía para ella en el matrimonio aburrido y que ahora le abre los ojos. Es sorprendente el ser humano y qué desperdiciado se encuentra.

HBO gracias por estos meses de nutrición intelectual. Me voy por un tiempo. No es un adiós, es un hasta luego.

No dar de comer al oso

Rachel Elliott ha venido a cubrir el hueco que Douglas Coupland dejó cuando no sé porqué motivos aparcó la escritura. En No dar de comer al oso, encuentro el más puro ecléctico estilo de familias desestructuradas, sumidas en desgraciada felicidad bañada en alcohol. Personas que viven vidas que no quieren y que disfrutan con ello. En este caso dos familias que tiran adelante con un luto que preservan con adoración y buscan acompañantes para destruirles sus vidas con amor. Pintura, libros, música y mucha confusión colman las páginas de un libro denso, muy denso, que necesita de pausas para retener tantas experiencias. Una novela que se degusta con lentitud, pausadamente, disfrutando hasta del título de cada capítulo. Un libro que definitivamente obliga a su relectura como mínimo un par de veces. Volveré…

Stumptown

La belleza de Cobie Smulders fue la única razón de peso que me llevó a echarle el lazo a Stumptown. Luego que estuviese basada en un comic, ambientada en Portland y con unos personajes secundarios muy aceptables, acabó llevando la balanza hacia donde más pesa. Si has visto Castle o Jessica Jones ya puedes hacerte la idea de por dónde van los tiros. Es una serie fresca, bien planteada, con un hilo conductor entre capítulos muy coherente y dejando suficiente sitio al resto del reparto para que brillen. Si Dex abruma con su presencia y frescura, el resto de personajes, especialmente Grey y Miles, tienen sus momentos e incluso casi sus capítulos dedicados. Una serie rápida sin complicaciones donde lo que cuenta es lo que ves. Simple.

La revolución tecnológica que se hace paso sin hacer ruido: UltraWide y SSD PCIe

Por casualidad cayó en mis manos un equipo HP EliteBook al que debía instalarle algo. No sabía qué tenía bajo el capó, parecía un portátil más como otros tanto que son plateados, teclas negras y bastante ligeros. El caso que es fue pulsar el botón rectangular de encendido y arrancar de un modo que me pareció haberlo sacada del estado de Suspensión. Como si estuviese encendido pero con la pantalla apagada. El caso es que lo reinicié cuando terminé algunas cosillas, y volvió a suceder. Es que fue cosa de 3 ó 4 segundos; que el equipo volvía a arrancar en un santiamén. Pensé que los discos SSD habían mejorado mucho, pero no fui capaz de racionalizar la limitación del bus SATA al que se conectan, pues por rápido que funcionen estos discos, su tecnología no le permite funcionar como si prácticamente fuese RAM. El caso es que apunté mentalmente saber qué le pasaba a ese equipo. La respuesta estaba en el disco, mejor diré tarjeta, Samsung PM981 que pinchada en el bus PCIe directamente, hacía a aquel equipo comportarse casi como una tableta. Hablo de velocidad en un Windows. Hemos pasado definitivamente a una etapa tan radical en cuanto a rendimiento como cuando pasamos de los discos mecánicos a los SSD.

Por otro lado, y esta vez de forma meditada, en mi escritorio y colgada de la pared, la LG UltraWide de veinticindo pulgadas me deja con la mandíbula colgando. La compré sabiendo lo que quería, apostando por dejar atrás las dos pantallas clásicas separadas por marcos que tanto me han aportado para pasar al siguiente nivel. Hablo de 2560 píxles por 1080 de alto. Un lienzo donde crear y crear a ritmo diabólico con media docena de ventanas abiertas a la vez extendidas que se pueden configurar como un solo monitor o varios virtuales mediante el software diseñado y entregado. Es un goce sublime llevar al siguiente nivel de multitarea procesos y aplicaciones que se ejecutan ante tus ojos y son consumidas al mismo tiempo con tanta belleza y orden. Es la personificación de la optimización del escritorio. No puedo imaginarme lo bien que luciría la versión de 29 o 32 que no me cabía en la mesa. Lástima. Pronto quizá. Y si hablamos de videojuegos a esa resolución, mira, mejor me callo.

El Visitante

Quizás los directores de la serie deberían haberse guardado el secreto eligiendo un título no tan explícito como El Visitante. El título original tampoco es muy discreto, The Outsider, que prácticamente es igual de cagada. Imagino que Stephen King es el culpable, pero al final qué más da. Si la serie de HBO es tan deliciosa, el libro debe ser puro oro.

Otra vez el formato miniserie nos atrapa. Son diez capítulos de ritmo sereno donde los crímenes se suceden por autores cuyas coartadas los sitúan en dos lugares distintos en el mismo momento. Crímenes horripilantes que serán investigados por lo que a mi juicio es uno de los mejores investigadores jamás interpretados en el mundo del cine. Encarnado por Ben Mendelsohn, el policía roto y triste, avanza en la investigación con meticulosidad para descubrirse a si mismo y sus convicciones. Un personaje gris, cabizbajo, lacónico, que comparte con su mujer la pérdida de su hijo mientras trata de hacer justicia ante la serie de crímenes de otros niños aparecidos asesinados de forma salvaje. Además es productor junto con Jason Bateman, quien lo borda también en los primeros capítulos de la entrega.

Un thirller de altura, con un guión basado excelente, unas actuaciones sobresalientes a la altura de sus personajes y una ambientación extraordinaria. Todo a un ritmo pausado, servido a fuego lento y con calidad de sobras para quedarte con ganas de más. Y rematado con un final épico que le otorga mi galardón personal de obra maestra.

La mujer de verde

La dura vida arriba allá en el mapa donde se ubica Islandia siempre me ha causado cierto magnetismo. Los desórdenes de luz durante el invierno, el clima feroz y el estilo de vida de la isla me hacen fantasear con ser uno más allí. Igual duraría dos días y pronto me volvería a la cálida España, pero saber de allí y si es a través de una novela policíaca me resulta estimulante. Es una oportunidad de acercarme y mirar por el ojo de una cerradura sin ser visto. La Mujer verde descansaba en una estantería de casa por lo menos hace dos años, y ahora en confinamiento, es buena ocasión para tirar de recursos olvidados.

Arnaldur Indridason nos sumerge en una historia de dolor permanente. De fracasos personales en un antes y un ahora que se combinan para adentrarnos en la investigación de unos huesos aparecidos y que llevaban enterrados casi sesenta años. Huesos que descansaban a la espera de ser encontrados y hacerse justicia. Mientras, y de forma tan abrupta como intercalada, una historia de violencia doméstica nos pone la piel de gallina capítulo sí capítulo no, para que ambas historias se encuentren casi de forma previsible, pero enigmática. Personajes poco definidos se mueven con soltura bajo la dirección de su autor que prefiere ir al grano a detenerse en perfiles psicológicos o históricos. Todo fluye página tras página entre las desgracias de nuestros personajes, que incompletos en sus vidas personales, apenas son capaces de tomar rienda en la investigación.

Una lectura muy cautivadora, por el escenario, el paralelismo temporal y el ansia de justicia que el lector necesita satisfacer.